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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

Seis años y seguimos sin saber

Periodico Correo

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Seis años y seguimos sin saber

Han pasado seis años, explicaciones han ido y venido, nos cuentan una cosa y nos cuentan otra; de tanto que hemos escuchado ya no sabemos dónde quedó la verdad. Lo único de lo que tenemos certeza es de que ya pasaron seis años de que cuarenta y tres estudiantes de la normal de Ayotzinapa desaparecieron. Al son de nadie sabe, nadie supo y como si se los hubiera llevado el viento, cada uno da una versión y el único hilo conductor es que los jóvenes no están.

El tema corre el peligro de volverse un asunto de culto. Muchos sacan raja del tema, escriben, cantan, hablan y le aumentamos capas que van tapando los hechos que en verdad sucedieron. Las investigaciones sobre el caso han tenido tantos actores que ya olvidamos quienes son los protagonistas. Entre la fiscalía mexicana, el grupo de expertos independientes que llegaron por parte de la OEA, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del equipo de forenses argentinos, además de las publicaciones de periodistas, académicos y activistas se formó una melcocha espesa que corre el riesgo de convertirse en un tema literario y eso es tentación y peligro para que brille la verdad.

Los normalistas de Ayotzinapa constituyen un campo fértil para la fantasía, un pozo profundo y oscuro, un campo extenso como caótico e inasible. Esta trama acapara el reflector mundial y eso lo vuelve interesante. Entre periodistas, policías y artistas han sumado para que el caldo de cultivo sea turbio. Exposiciones e hipótesis se suman, con mejores o peores intenciones y la verdad sigue brillando por su ausencia. De la versión del Murillo Karam hasta las declaraciones más recientes, se tiende un arco de caos y confusión que no parece tan inocente. Desde el principio, las preguntas elementales quedaron sin respuesta.

¿Qué les pasó a los normalistas de Ayotzinapa? Todo queda en el campo del rumor, de los chismes, las conveniencias, los escenarios políticos y en algunos casos —muy pocos—, la buena intención de saber lo que sucedió. Actores hay tantos y de tan múltiple naturaleza que es muy complicado de entender. Parece que el caso de estos muchachos es como un diente de león a la que alguien le sopló y los que intentamos darle sentido, somos los que queremos volver a darle forma a la flor.

La historia es pendular y cada vez aparecen más involucrados, como si fueran hongos silvestres en tiempo de lluvia. Como en la pista de un circo, por un lado aparece el Mochomo, por otro un presidente municipal y su esposa, también padres, voceros, abogados defensores, un camión incinerado, Tomás Zerón, El Ejército, Enrique Peña Nieto, un hueso, el Río Cocula, infiltrados, un basurero. También nos quieren hacer creer que la verdad histórica ha entrado al escenario y me parece que ella es la única que no ha sido invitada a formar parte del espectáculo.

Es una historia muy triste que genera muchas preguntas y se encuentran pocas respuestas plausibles. Siempre nos quedamos en un punto chicho en el que prometen que el tema va a escalar y que ahora sí nos vamos a enterar. Y éste parece uno como tantos casos en los que después de tanto manoseo no se llega a saber la verdad. De igual manera, los que creyeron que este sería de esos temas que con el tiempo se olvidarían, éste es muy recordado.

Se recuerda con ese regusto amargo con el que nos acordamos del Caso Colosio o con el que se evoca la tarde del Dos de Octubre. No se olvidan, por más que le hayan querido echar tierrita encima para que no llegaran los hedores de la podredumbre. Por eso, la tentación es grande para que se vuelva un tema de culto. Es lamentable lo que sucede con estos expedientess, no se olvidan, pero no se resuelven.

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Cecilia Durán Mena

Madres mexicanas

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Madres mexicanas

La figura de la madre abnegada y sufrida que nos muestran las películas de la Época de Oro del Cine Mexicano se resquebraja y se va sustituyendo por la de mujeres aguerridas que toman la escena pública y elevan la voz para denunciar la injusticia, el olvido y la indiferencia que hay frente a los crímenes que han sufrido sus hijas en México. Pareciera que tantos feminicidios, violencia familiar, agresiones sexuales, desapariciones, asesinatos, se complacen en una sociedad que prefiere mirar a otro lado y dejarlo pasar.

Surge una nueva imagen de madres que se organizan, se movilizan y buscan lo que el Estado les ha negado. Las tildan de furiosas y muchos se escandalizan por las reacciones furibundas ante la crisis humanitaria nacional y el desamparo del Estado. Estas madres se enojaron y ya sabemos lo que pasa cuando hacemos desatinar a mamá. Acuérdense de la chancla, el rodillo, los pellizcos y las miradas que sacan chispas, también ese arsenal tienen las madres mexicanas.

Hay algunas que despiertan de una pesadilla y en vez de arrinconarse y limpiarse las lágrimas, comienzan a estar dispuestas a respaldar y a participar en acciones radicales para reclamar justicia. ¿Por qué rayan, destruyen, ensucian?, se quejan algunos y arrugan los labios. Otros, se preguntan, ¿qué ganan con quemar mobiliario o pintarrajear monumentos nacionales?

Me parece que quienes nos hemos hecho estos cuestionamientos, estamos planteando mal las preguntas. Lo que debiéramos debatir es por qué una mujer tiene necesidad de amarrarse a una silla por 24 horas para exigir la detención del violador de su niña. Nadie las está escuchando. La desesperación sube de tono y la indiferencia quiere pasar por alto tanto dolor. La perversidad de los victimarios encuentra eco en la vileza de quienes les dan orejas de pescado a estos problemas.

Hartas de que les den atole con el dedo, muchas madres mexicanas deciden que la imagen de abnegación, paciencia y prudencia les está sirviendo de muy poco, así que se arremangan y hacen lo posible para llamar la atención para que alguien les de respuestas y la justicia deje de avanzar a paso de tortuga. Seguimos sin entender que la violencia sigue creciendo y que a pesar de confinamiento, no hay forma de ponerle freno.

Pero, en un arrebato de mezquindad, se tilda a estas madres de ser mujeres violentas, conservadoras, que tienen agenda política y que buscan desestabilizar al régimen. Dan vergüenza quienes con una impudicia rampante se atreven a abrir la boca para proferir semejantes desatinos. Las quisieran calladitas, bien peinadas y quietecitas, pero estas madres se enfadaron de ser transparentes y de que a nadie les importen sus penas. Ante el silencio el Estado, ellas gritan. Frente a la indiferencia del señor presidente, ellas reclaman. Por la indolencia de quienes debieran estar velando por sus derechos humanos, ellas se ponen en acción.

La 4T no puede decir que las madres son violentas sólo en este momento. Tanto en los periodos de Felipe Calderón como en los de Enrique Peña, las madres se movilizaron y reclamaron justicia. El problema se ha agravado, eso sí. En gobierno de López Obrador, la situación ha escalado su radicalidad, pues las madres de las víctimas están pasando de las vías pacíficas de protesta a realizar acciones directas sin antecedentes, como la toma de oficinas públicas para convertirlas en refugio de mujeres violentadas.

Condenar no ayuda a aliviar el problema. Desestimar lo que estas madres están haciendo y mirarlas con desprecio, definitivamente, nos aleja de la solución. Es preciso entender que encarnan una emergencia. Las madres que asumen una actitud y brincan a la acción merecen mucho más de lo que se les ha estado dando.  No están buscando respuestas frívolas, están buscando reivindicaciones. Se las estamos negando al juzgarlas. Todo se empeora cuando queremos hacer como que no existen.

La situación es dura y la indiferencia enorme. En el caso de que el Estado mexicano sigua ignorando las reivindicaciones y los reclamos de las mujeres que enfrentan violencia de género,  habrá más madres que, movidas por el enfado, la desesperanza y la rabia, estén dispuestas a hacerse escuchar.

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Cecilia Durán Mena

Con el perdón de las cucarachas

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Con el perdón de las cucarachas

Ya sabemos que en múltiples y variadas ocasiones, la verdad supera a la ficción. En su más reciente libro, Ian McEwan nos introduce a una ficción en la que el Primer Ministro es una cucaracha que, de repente, se ve convertida en hombre. Según la editorial que lo publica, el protagonista de la novela es algo así como un Gregorio Samsa a la inversa, aunque me parece que exageran en la comparación. Lo curioso es que cuando la cucaracha convertida en mandatario se sienta por primera vez en una reunión con su gabinete, descubre que todos sus colaboradores también son cucarachas. Entonces, la cosa se puso interesante.

La impresión que sentí al leer ese párrafo fue tan fuerte y desagradable que casi me dieron ganas de aventar el libro y correr a lavarme las manos. Tuve que respirar profundo. Me quedé mirando a un punto en la pared, imaginando a esa cucaracha transformada en un ser que camina erguido, avanzando por los pasillos de la sede de gobierno. Me pregunté lo que pensaría al hacer ese recorrido. ¿Tendría miedo? ¿Estaría entusiasmado? ¿Cuáles serían sus intenciones? No sé si al darse cuenta de que todos sus compañeros eran cucarachas igual que él, habrá sentido desesperanza o desilusión.

El ejercicio que hace McEwan me dejó la cabeza dando vueltas, no por la trama de la novela en sí misma, sino por un tema más cercano a nuestra realidad. Uno nunca sabe lo que un político joven piensa cuando decide seguir el llamado de su vocación. Es difícil creer que sus intenciones primeras estén orientadas a fastidiar a sus semejantes, tal vez algunos tengan buenas ideas para mejorar la situación de la patria, aliviar los dolores de un pueblo, luchar por la equidad y salvaguardar los valores de la nación. Incluso, es posible que crean que podrán volar al ras de la podredumbre y que lograrán sus conseguir sus metas conservando las manos impolutas. ¿En qué momento empieza esta metamorfosis trágica?

Otra posibilidad es que, como lo manifiesta la novela de McEwan, ese político ya sepa de antemano que es una cucaracha y que trate de disimular su condición de insecto. En esa circunstancia, buscaría controlar sus instintos, disimular sus ganas de andar entre la basura, comiendo podredumbre y eructando hediondez. Si ese fuera el caso, uno puede figurarse la angustia de esa cucaracha al tratar de someter su naturaleza y, en esa misma línea de pensamiento, el alivio que experimentó al darse cuenta de que todos son igualitos a él.

No deja se ser fuerte la imagen. También es triste. Imaginen a su político de elección y verán como no es tan difícil descubrirles esos rasgos cucharachezcos. Cuerpos ventralmente aplanados, mandíbulas macizas, tipo mordedor-masticador, con antenas filiformes muy largas y bien paraditas que agitan mientras van pensando y detectando cualquier cúmulo de suciedad con la que puedan saciar sus apetitos. Entonces, uno entiende porque tienen esas ansias de acumular que no paran. Las cucarachas tienen una boca enorme que se les extiende a lo largo de todo el abdomen y que tiene una extensión que abarca la mitad del cuerpo. Para llenar esa boquita, hace falta mucha basura.

McEwan nos aleja de la teoría aristotélica de lo que significa ser político. Para Aristóteles, los políticos son seres preocupados por la vida buena, es decir, por conducir la vida social a partir de principios éticos. Esto significa que los políticos ayudaran al pueblo a alcanzar virtudes como la justicia, la bondad y la belleza a partir de sus actuares. Así, el propósito de las comunidades es permitirnos vivir de acuerdo con esas virtudes.

Sí, para los antiguos griegos, la estructura del Estado permite a la gente vivir junta y protege la propiedad y la libertad de los ciudadanos como el medio para conseguir la virtud como fin. Si tuviéramos que elegir, estoy segura de que nos quedaríamos con la belleza de la concepción aristotélica. Incluso, si les dieran a escoger, estoy segura de que no hay político que prefiriera ser cucaracha. Es incómodo andarse arrastrando por la suciedad. Es preferible caminar erguido y con altura de miras.

Entonces, ¿qué fue lo que paso? Ni hablar, insisto que hay veces que la realidad supera a la ficción. Aunque en este caso, nos gustaría que la filosofía le ganara a la fantasía y ya ven. Les lanzo un reto. Elijan a su político de preferencia y obsérvenlo con cuidado. Si parece una estatua griega, vamos bien. Si no es así, ya sabemos porque les gusta andar tirados de panza, revolviéndose entre la mugre.

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Cecilia Durán Mena

Como cada septiembre

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Como cada septiembre

Como cada septiembre, los mexicanos entramos en una dicotomía extrema. Por un lado, festejamos las fiestas patrias, nos pintamos de verde, blanco y rojo, ondeamos las banderas, dejamos que el folclore galope a toda velocidad y nuestro corazón se acelera con los ritmos del mariachi y nuestra boca saliva ante tantos sabores mexicanos. Por el otro, nos entristecemos al ver la bandera a media hasta y guardamos los minutos de silencio que sean necesarios para honrar a todos los que cayeron. No los queremos olvidar.

Si en septiembre gritamos ¡Que viva México!, también nos acordamos que ya pasaron treinta y cinco años de que la tierra se agitó en sus centros y casi nos deja sin capital de la República. Luego, como si estuviéramos acordándonos de una mala broma, otra vez en la misma fecha, tembló para hacer patente que el suelo tiene memoria y muchas veces recuerda mejor que muchos.

En septiembre de 1985 nació una sociedad civil que ante la imposibilidad de las instituciones a reaccionar con la fuerza y rapidez que era necesario, salió de sus casas y demostró urbi et orbi que no necesitamos agallitas para nadar y que sabemos dejar nuestro resto para salir adelante. Dejamos nuestras comodidades personales, abandonamos nuestras zonas de confort y los que tuvimos posibilidades y quisimos, fuimos a ayudar. Cada uno lo hizo a su leal saber y entender, sin las ventajas de la tecnología que hoy tenemos. Era un mundo tan distinto que sería difícil de comprender el día de hoy. Tanto así ha progresado la ciencia. Hemos cambiado.

Hace tres años, la tragedia fue dura pero hubo más y mejores medios para organizarnos. Tal vez ya sabíamos cómo hacerlo. Aprovechamos la maravilla de las redes sociales. En instantes, el mundo supo lo que sucedía en la Ciudad de México. Pudimos ponernos en contacto con nuestros seres queridos para saber cuál era su situación y logramos mandar la ayuda que se necesitaba específicamente. Sin embargo, aún hay damnificados que siguen sin conseguir una respuesta a sus tragedias.

Mientras a los que vivimos las tragedias de 1985 y 2017 se nos arruga la panza y derramamos alguna lágrima por aquellos a los que ya no volveremos a ver, también evocamos aquellos momentos en el que el pueblo de México ha salido a dar lo que tienen para solidarizarse con causas que le parecen justas. Ofrecían gallinas, puercos, sus collares, sus anillos para reunir fondos y sacar adelante algún proyecto que creyeron relevante. Así somos los mexicanos: nos quitamos el bocado de la boca y, a veces, ni nos damos cuenta a quién se lo estamos dando.

Por eso, cuando vemos ese pasado generoso, hierve la sangre si hay disfraces que le queremos poner a la realidad. Las abuelas nos recordaron siempre que no todo lo que brilla es oro, ni todos los que sonríen son Chucho el Roto. Este septiembre, hubo una rifa que se llenó de vapores para esconder la verdad. Nos contaron que se rifaría el avión presidencial, porque representaba un lujo excesivo con el que el presidente de la República no se sentía cómodo.

La verdad simple y pura es que no se rifó ningún avión, el artefacto sigue ahí y el Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado mentiría si dijera que ya vendieron el avión. Lo que sí hicieron fue un pase de charola al que le entraron muchos, más a fuerza que de ganas, para juntar un dinerito que se supone que se usará para causas nobles y benéficas. Ojalá, pero la bondad no se puede sustentar en la mentira. En septiembre, nos quedará esa efeméride también, para dejar un testimonio en la Historia de que siempre hay dos extremos en la recta numérica. Nos informaron que el Gobierno ha comprado un millón de billetes para que los hospitales tengan la posibilidad de obtener un premio que se financiará con los mismos recursos del Gobierno. ¡Qué generosidad la que muestra la 4T!

Sí, una vez más, en septiembre, la sociedad civil es la que saca la casta. No es la 4T, somos todos los mexicanos que pagamos impuestos los que pagamos por esos billetes. Es la gente que cumple sus obligaciones tributarias la que se puso con su cuerno, esa misma gente que no está recibiendo ningún tipo de estimulo fiscal para mantener a flote sus pequeños y medianos negocios. Eso pasa en septiembre.

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